Visto desde la perspectiva de lo ocurrido desde el comienzo del contagio, y desde el respeto y reconocimiento a la profesionalidad de los expertos sanitarios, la gestión del coronavirus se le está escapando de las manos al Gobierno, que es el encargado de coordinar a las Comunidades autónomas. Existen una serie de lagunas, contradicciones e incógnitas que deben ser subrayadas y aclaradas sin ánimo alguno de generar alarma. Más bien por todo lo contrario. Es normal que la opinión pública se inquiete ante decisiones que resultan sorprendentes. La primera, que cuando China multipló por diez sus contagios, a mediados de febrero, justo cuando se anunció la cancelación del Mobile  World Congress, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, lamentó la suspensión del mismo con el argumento de que «no estamos ante un problema de salud pública en España». Era el 13 de febrero, el mismo día que moría el primer paciente -lo hemos sabido ahora- con coranavirus en España. Las autoridades sanitarias cambiaron el protocolo dos semanas después de la muerte por neumonía de ese paciente al que, en ese momento, no se le hicieron las pruebas para determinar si existía contagio. ¿Por qué no se hizo?

La respuesta de los últimos días ante el auge del coronavirus en España presenta también aspectos contradictorios, como la decisión de la consejería de Sanidad valenciana de que el Valencia-Atalanta de la Champions se juegue a puerta cerrada, pero no se impida la llegada de hinchas italianos. O sea, que no podrán acceder al estadio, pero sí podrán verlo por televisión en un bar cercano al campo. Si se juega a puerta cerrada por el temor a que los «tifosi» (Italia es el segundo país del mundo con más muertes por coronavirus) puedan propagar la enfermedad, no se entiende que puedan circular libremente por Valencia el mismo día del partido. Si estamos ante un problema de salud pública, la medida no parece razonable. Tampoco se entiende demasiado que ante la insistencia de una madre, cuyo marido resultó contagiado en Italia, de someter a su hija a la prueba, las autoridades sanitarias se negaran con el argumento de que «los niños no  pillan el coronavirus». Sí lo pillan: la pequeña se convirtió en la primera niña infectada en España. Y ya hay tres.

La consecuencias económicas del coronavirus amenazan con ser bastante más graves que las consecuencias sanitarias. No estamos sólo ante un problema de salud, por lo que el Gobierno haría bien en afrontar un asunto que, a medida que avanzan los días, da síntomas preocupantes de no saber gestionar.

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