Dice el articulista Santiago Menna que “…el gobierno no brinda información de interés público, como estadísticas precisas sobre la crisis de salud en el país. Y se esmera en asegurarse de que otros tampoco lo hagan”. La descripción podría pasar perfectamente por lo que ocurre en España en estos tiempos de coronavirus si no fuera porque Menna es el autor del artículo titulado ‘Sin acceso a la información en Venezuela’ y se refiere en todo momento al gobierno liderado por Nicolás Maduro.

Con trampas propias de trilero la coalición social comunista instalada en el gobierno de España, liderada por Pedro y Pablo, ha menospreciado el derecho a la información, fundamental en una sociedad que se precie de madurez democrática, potenciando la concentración de un aparato propagandístico, blindando información, minimizando los efectos de la pandemia y de la crisis humanitaria, seleccionando preguntas indulgentes y cómodas y recogiendo velas después ante el boicot de numerosos medios de comunicación. El gobierno adopta la fórmula de la vídeoconferencia con tan mala suerte que la primera vez, la falta de experiencia va y le juega una mala pasada y alguien a micrófono abierto no piensa lo que dice y dice lo que piensa.

En el ala oeste, un presidente rodeado de mediocridad nos tiene acostumbrados a comparecer detrás de su atril y nos atiborra de farragosos e interminables discursos, con mirada lánguida al estilo dama de las Camelias, pero cuando se trata de dar respuesta a los distintos sectores económicos es como sacar vino a una piedra y se encoje de hombros como si se le preguntase por la cuadratura de un círculo que no le cuadra. A pesar de tener las respuestas preparadas a las preguntas enlatadas, pone cara inexplicablemente de improvisación; escaso de sabiduría enciclopédica y corto de reflejos se enrosca en el mismo discurso como lanzado hacia un montón de espesa maleza en la que no es capaz de avanzar. Vaya, desprovistos de la prosa de Saramago, que la lía parda cada vez que comparece y que no se quita la pasta de las manos.

Con comparecencias tediosas de fin de semana, teñidas de falta de transparencia, exponiendo cuestiones de dudoso interés ciudadano, con vertidos tóxicos que disfrazan la realidad y que no esconden otra cosa que el temor a las posteriores responsabilidades. Y es que a Sánchez no se le escapa que sobre el gobierno pesará a este respecto una regla de tres directamente proporcional que, sin ninguna duda, le pasará factura. De ahí los pretendidos Pactos de la Moncloa a modo de tela de araña para repartir los efectos de su desastrosa gestión y, por lo tanto, de sus responsabilidades. ¡A otro perro con ese hueso!

Estas comparecencias tienen muy poco de aquello que decía Víctor Hugo que bien se expresa, lo que bien se piensa; y es que no es tan fácil cuando lo que se tiene que contar tiene su base en el nerviosismo, los bandazos, la unilateralidad, la descoordinación y la ineficacia de un gobierno a cuyo engranaje le falta mucho aceite. Las intervenciones de Sánchez se cargan de todas el tópico de que el PSOE gestiona mal y comunica bien y ahora el gobierno se encuentra en la tesitura de que gestiona mal y comunica peor y viceversa.

Sorprende que él, en otro tiempo no muy lejano, adalid de la social democracia y de la libertad, se aleje ahora con desdén del derecho que asiste a todo periodista y medio de comunicación a acceder y a obtener información y a preguntar con libertad, y se empeña en ponerse una capa más para defenderse de la crudeza del invierno. Son tiempos difíciles, es cierto, el viento se ha vuelto gélido en este interminable mes de abril sin pedir permiso, pero hay que ser valientes y afrontar la situación con espíritu de Estado, el nuestro, un Estado democrático donde los derechos y las libertades deben estar en la base de nuestros valores como nación, ¡qué lo nuestro nos ha costado!

Quien no tiene miedo a responder, no tiene temor a ser preguntado mientras que el miedo favorece la permeabilidad para que tus límites te destruyan.

Eso sí, nadie puede negar el mérito que tiene el presidente del gobierno por conseguir poner de acuerdo a prensa ideológicamente variopinta, intentar evitar las críticas por la gestión del COVID 19  y conseguir sumar a las mismas las de la censura a la prensa y llevar su nivel de incoherencia hasta tal punto de aseverar que el gobierno puede exigir mascarillas a todos los ciudadanos pero que no las hay,  cual pesadilla de la que los ciudadanos, que no hemos crecido en un mundo de muñecas, queremos despertar.

Enfrente, una oposición leal, pero ni indulgente ni cómoda, que actúa al margen de la espiral incontenible de ineficacia y descoordinación del gobierno, un Partido Popular con tintes constructivos apuntando propuestas para evitar que un fallo multiorgánico de al traste con el tejido mediático de este país, al que presuntamente se le paga por la puerta trasera tal cual el tipo que se gasta el dinero exigiendo un supuesto derecho a llevarse a una mujer a la cama. Y a Dios rogando y con el mazo dando con intervenciones de un Casado valiente y expuesto, consiguiendo que algo de luz se adueñe del más que traslúcido espacio político actual.

No es momento de iniciar un agrio debate sobre esto, porque cualquier cuestión se empequeñece ante la cifra de fallecidos, pero, en mi opinión parcial, sí de apelar a la reflexión y a la puesta en valor de los medios de comunicación y a la importancia que los derechos y libertades relativos a la información tienen siempre, especialmente, en las duras, más que maduras. El presidente del gobierno pasará por esta pandemia como un diletante con mucha pena y poca gloria, pero además como el autor del mayor recorte de derechos y libertades a una prensa que había dejado ya atrás rancias fórmulas sin cabida en un estado democrático.